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Por Genaro Solé Sempere

En estos días de Enero, con poco tráfico, pocas nubes y un cielo de azul impecable, me voy al trabajo por la Cota Mil.

El Ávila es una ola gigante de optimismo bramando su energía, siempre a punto de bañar la monstruosa metrópoli a sus pies, que se antoja agresiva y vil. 

Algunos insisten en llamar al Cerro El Ávila "Waraira Repano", un dudoso invento panfletario en honor a las "voces originarias", que alguien sacó del bolsillo sin mucha suerte. Pero en los ecos de mi infancia, es "El Ávila" la sonoridad que despierta vivas emociones. Cuando mis ojos recorren su perfil, siento lástima por todos aquellos Caraqueños que no lo perciben como un privilegio, y siento rabia por los que hoy permiten su grosera invasión.

Algunas tardes, aun sabiendo que hay más tráfico, regreso a mi casa bordeando El Ávila con el sol en la espalda. En una ciudad sin memoria donde ciudadanos indolentes parecen vivir de paso, El Ávila es un cuadro de hermosura inimitable, la tregua en un lienzo de esperanza, armonizando con los resquicios de una añorada ciudad, en la que algunos hurgamos hambrientos de belleza.

Resuelve el Rompecabezas.

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