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Edilia C. de Borges

 Quisimos tomar las cosas con calma este domingo pasado, mi amigo Sven y yo pacientemente esperamos nuestro turno en la cola de los jeep en Cotiza, una de los pocos accesos al PN El Ávila que permite tránsito de vehículos. El clima se nos presentó de buen augurio, una débil brisa que venía de la montaña arriba fue su  emisor.

 Fue sumamente grato el re-encuentro con la montaña luego de estar ausente de ella por casi dos meses. A medida que vamos subiendo el verdor lujurioso y descontrolado se pone de manifiesto, las plantas todavía húmedas del rocío nocturno, brillan y  nos saludan agitando con languidez sus ramas, veo en una de ellas un colibrí que comenzó muy temprano la recolecta de néctar. No hay mucha gente subiendo, claro que todavía es bastante temprano, aunque para nosotros es la mejor hora para comenzar el ejercicio.

 Llegamos pronto al sitio “La vuelta de los borrachos”, que nombre tan feo y se desdice completamente de la zona, porque esta área está plena de flores coquetas de varios colores, helechos, palmas y árboles de copey y otros.  Es tan frondosa el área donde hace parada el jeep que está totalmente en sombra. La idea de nuestra caminata de hoy era recoger semillas, visitar viveros y saludar a una buena amiga. Y por esto último empezamos, así que seguimos en el transporte hasta más arriba.

  Llegamos a Galipán, pero no, por fortuna, a la calle “principal” del poblado repleto de tiendas, tarantines, restoranes y gente, mucha gente. 

No, pasamos por allí donde se bajaron otras personas y seguimos hacia abajo dándole vuelta a este sitio. La carretera empedrada prosigue por detrás de la colina, encontrándonos con una antena comunicacional que afortunadamente nunca llegó a estar en uso protestada por los vecinos, nos bajamos del jeep, quedando un poco despistados, Sven le preguntó a unos lugareños la dirección de la casa que buscábamos y ellos muy gentiles nos señalaron una “pica” que baja de otra colina hasta la casa. Aunque un poco empinada la bajada, con ayuda de los bastones ambos bajamos. Ya nos esperaban, a la puerta de la casa salió un señor que nos pasó adentro hacia la cocina y mientras esperábamos a la dueña de la casa, nos brindó un caliente, aromático y espirituoso café “guayoyo”.

 

Esta casa no tiene nombre, se le conoce sólo por el nombre de su propietaria quien tiene en el sitio 15 años, y que además de la de ella ha construido por aquí 45 viviendas, así que no hay necesidad, todo mundo la conoce: “Ah sí, la casa de María Elena Fonseca” y señalizan con el dedo.

 

María Elena alegre llega a saludarnos (aunque la despertamos temprano) y mientras se pone al día en conversa con Sven, cocina un oloroso “revoltillo de huevos, tomates y no sé cuantas hierbas, la fragancia del mismo y del delicioso pan blanco y mas café, hace que las protestas nuestras de “no te molestes, ya desayunamos, etc”, quedaran en el aire. Dejamos los platos limpísimos.

 Con orgullo y sin vanidad María Elena nos hizo un recorrido por su acogedora casa, mientras 4 gatos de raza nos seguían. Cada rincón es grato, pensado y decorado con gusto y pensando en la comodidad, el integro de la misma con el ambiente natural que la  rodea, antigüedades se confunden con obras de artistas actuales.

Plantas vivas por doquier y manojos de eucaliptos aromatizan el ambiente. No en balde ella como arquitecto hizo el diseño y plano de su hogar.

De tantos espacios preciosos me enamoré de su estudio, porque la mesa de diseño está situada estratégicamente para visualizar por los ventanales de vidrio todo el ambiente montaña y mar lejano que lo rodea.

 
 Desde las terrazas observo el inmenso paisaje que me rodea, veo el mar a lo lejos, los “raspones” todavía piedra lisa de los“deslaves” de hace años, el pueblo de San Isidro, las carreteras que se cruzan hacia abajo, el hotel Humboldt y la airosa bandera que flamea. Logro ver a dos excursionistas que suben una ladera. Que maravilla.

 El recorrido por los jardines fue de tiempo, Sven vio el desarrollo de las palmas que se sembraron hace años, un hermosísimo lirio rojo, especie que se da enGalipán solamente con tanta lozanía, plátanos de jardín, lirios azules, blancas margaritas, moras (robé las maduras), un desorden organizado de plantas y árboles confundidos, pero separados por su propio tallo y hojas.

 Con ayuda del jardinero sembramos las plantas que llevamos de regalo. Increíble, cuando veo el reloj, me doy cuenta que en amena conversación de diferentes tópicos, recordatorios, planes, y recorridos han transcurrido las horas. Hay que regresar a Caracas, lo hacemos con MaríaElena que también debe bajar. A Sven y a mi se nos olvidaron los otros compromisos de ese día, pero fue que lo grato y simpático de la conversación con esta amiga tuvo que ver mucho con ello.

Ya volveremos.

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